Las huellas del siglo glorioso

El traslado de la Casa de la Contratación a Cádiz marcó el inicio de la era dorada de la ciudad durante la que se diseñó su fisonomía actual


Grabado del XVIII de la Fundación Joly, antepuesto a una imagen actual del muelle El siglo XVIII le dio a

Cádiz su fisonomía y la distribución actual y el XIX la embelleció. Las huellas de aquella época gloriosa siguen vivas en una ciudad que sólo crece a base de ganarle terreno al mar. Ese ha sido el único cambio sustancial de muros para dentro. La estructura, la homogeneidad de su caserío y el orgullo de aquella sociedad moderna y abierta al mundo son del dieciocho, un siglo que comienza para los gaditanos con la reubicación de las instituciones que monopolizaban el comercio con las Indias.

Ese es el hecho que se rememora con la celebración del Tricentenario del Traslado de la Casa de la Contratación, el auténtico germen de la etapa de mayor esplendor de la capital gaditana, aunque las batallas y la primera constitución luzcan más en la historia. La Diputación es la encargada de organizar los actos para los que contará con la colaboración de varios ayuntamientos e instituciones y con la asesoría del catedrático de Historia Moderna de la UCA, Manuel Bustos.

LA VOZ ha querido hacer con él un recorrido por la ciudad para conocer qué restos han quedado desde aquel 12 de mayo de 1717 cuando Felipe V firmaba la orden de traslado que cambiaría para siempre la historia de Cádiz. Y ese camino arranca justo desde su despacho en la Real Academia Hispano Americana, ubicada en la primera planta del centro municipal Reina Sofía. Lo que fuera en otro tiempo una manzana de acuartelamientos tiene la estética dieciochesca. Edificios sobrios levantados para acoger las dependencias de la Armada Real, creada en la época para velar por la seguridad de los barcos que atracaban en el muelle. Explica Manuel Bustos que la ciudad iba creciendo a la misma velocidad que la actividad comercial demandaba servicios. Formalizado el traslado de Sevilla a Cádiz, era necesario aprovechar todas las ventajas que ofrecía la Bahía para que tan lucrativo negocio fuera a más.


Grabado con barcos del XVIII de la colección de la Fundación Joly

El germen de la industria naval

Y la ubicación estratégica permitía desarrollar una industria que diera mantenimiento a los buques de carga, lo que dio origen a los astilleros, que ya tenía su precedente en La Carraca, considerado el puerto militar de Cádiz. «No olvidemos que la Isla de León aún formaba parte de la capital», matiza el director de la Academia. Otros dos puertos –el actual y el de Puntales– daban esa capacidad para recibir al millar de barcos que cada año llegaba a la ciudad. Y prácticamente a pie de muelle, repartidos por varias sedes, prestaban servicio los funcionarios de la Casa de la Contratación y el Consulado de Cargadores a Indias, que primero se establecieron en la plaza de San Agustín y, posteriormente, en otra finca en la calle San Francisco, esquina con Rosario, hasta la construcción del Palacio de la Aduana, que alberga hoy a la Diputación.

«Todo pasaba por estas instituciones, desde el registro al cobro de impuestos, la intermediación e incluso la potestad para ejercer como tribunal en cuestiones del comercio», señala Manuel Bustos. Como ejemplo de esas tasas menciona una por ‘averías’, destinada a financiar la protección de los barcos. Y no sólo por los saqueos, también por las inclemencias meteorológicas. El levante podría derribar grandes buques, por eso fue necesario construir infraestructuras que los protegieran y así comenzó a transformarse el puerto de Cádiz.


Miradores de la Casa de las Cinco Torres

Al calor de ese tráfico creciente se fueron levantando más y mejores viviendas para los comerciantes, que quería mostrar su poderío con altas atalayas como la Casa de las Cuatro Torres, en Argüelles, Tavira o las de las Cinco Torres, en la Plaza de España, que les permitían avistar los nuevos cargamentos que llegaban de América y de Asia.

Las arterias comerciales

La riqueza de las mercancías le dio alas a un esplendoroso comercio que se estableció entre las calles Ancha, Columela y San Francisco –una herencia que también conservamos del XVIII–. Allí se podían admirar los últimos modelos de la moda francesa o adquirir los tejidos más exquisitos, como sedas estampadas, una rareza para la época. Las casas de estos comerciantes las decoraban caobas, mármoles y generosas bibliotecas, que un siglo después serían desmanteladas durante la guerra contra los franceses.

Destaca el profesor Bustos que, además de la grandiosidad en las construcciones, había un sentido del pragmatismo en cada edificación. Ejemplo de ello son las amplias casapuertas que aún se conservan y que hacían las veces de almacén, así como los anexos de la muralla, que con los años se han reconvertido en bóvedas para albergar pequeños negocios y dependencias municipales.


Maqueta de Cádiz con la estructura del siglo XVIII

«Alrededor del comercio se desarrollan otros gremios como el del transporte, con un tránsito permanente de carrozas», lo que obligó a adaptar la ciudad a aquella nueva actividad. Las esquinas se revirtieron con guardacantones, que unas veces fueron de piedra y otras de cañones de artillería que también se conservan, como el de la esquina del edificio de la Diputación o el de la calle Troilo, en Santa María.

Peor suerte tuvo la herencia cultural, que se la fue comiendo la decadencia que trajo consigo el siglo XX. Teatros y librerías cerraron sus puertas y se dejaron de escuchar expresiones de otras lenguas en los cafés y el entorno del muelle. Tiempo atrás la confluencia de inmigrantes atraídos por la actividad comercial había generado la necesidad de crear una cátedra de profesores de idiomas que no le dio tiempo de construir una tradición, pero en los padrones del XVIII se conserva el nombre de aquellos primeros maestros de lenguas que enseñaban a los alumnos de la Escuela de Comercio la gramática inglesa, la italiana y, por supuesto, la francesa.

Como recuerdo de aquello apenas queda un catálogo de apellidos extranjeros que hoy conservan los descendientes de tantos emprendedores que abandonaron su país para probar fortuna en Cádiz. El director de la Real Academia Hispano Americana fija el inicio del declive en 1796, cuando la guerra contra los ingleses bloquea el puerto y el flujo comercial. «La ciudad tuvo mala suerte». Luego sería otro enemigo, el francés, quien trajera la ruina en un tiempo en el que se fueron perdiendo las colonias americanas y el control sobre Filipinas.

Hoy sólo nos queda rememorar aquel pasado, sacar pecho por lo que fuimos y volver a aquellos inicios. El profesor Bustos mira al puerto, que fue el auténtico protagonista de esta gloriosa etapa. Desde hace décadas los gaditanos han vivido de espaldas a él, separados por una verja que tiene que desaparecer. «Recuperar la relación con el muelle sería el mejor legado de esta conmemoración».

Fuente: La Voz de Cádiz